SEVERO OCHOA Y GAONA. LA EMOCIÓN DE LA MEMORIA

En noviembre del pasado año se cumplieron veinticinco años del fallecimiento de Severo Ochoa, uno de los científicos españoles más notables del siglo XX. Ochoa, nacido en Luarca (Asturias) en 1905 y muerto en Madrid en 1993, obtuvo el Premio Nobel de Medicina en 1959 por sus investigaciones sobre el ácido ribonucleico. A partir de entonces, su nombre se hizo popular y se convirtió en uno de los personajes más admirados de España, a pesar de haber desarrollado casi toda su labor científica en el extranjero, especialmente en Estados Unidos.

            Este eminente hombre de ciencia mantuvo una profunda relación con la ciudad de Málaga. Gran parte de la infancia y de la adolescencia del joven Ochoa transcurrió en Málaga, cursando el bachillerato en el Instituto de la calle Gaona. Ochoa recordó repetidas veces la decisiva influencia que tuvieron algunos profesores del Instituto en la determinación de su vocación científica, en especial el catedrático de Física y Química Eduardo García Rodeja, a quien dedicó palabras cargadas de aprecio siempre que pudo.

            En los últimos años de su vida regresó en numerosas ocasiones a la ciudad de su infancia y primera juventud, acudiendo a la llamada de su memoria: “Málaga es uno de los recintos sagrados que guardo en mi corazón y encontrarme en ella es como activar la memoria de la niñez, el mejor tiempo de la criatura humana”. En 1971 el Ateneo le ofreció un acto de homenaje y el Ayuntamiento lo declaró hijo adoptivo de la ciudad. Más tarde, en 1987 la Universidad le concedió el título de doctor honoris causa. A los 25 años de su muerte la figura de Severo Ochoa merece un recuerdo de la ciudad a la que tanto amó. En palabras de Ignacio Núñez de Castro era “un hombre libre que buscaba la verdad apasionadamente, un hombre sencillo y afable porque sabía saber y sabía ignorar; no en vano se le describió como un hombre, en la plenitud de la palabra, elegante”.

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